
De repente entrar a una galería tan importante como la Alberto Misrachi, semillero de los grandes artistas mexicanos: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Dr. Atl, Pedro Coronel, Rafael Coronel, José Luis Cuevas, por mencionar tan solo a unos pocos; dentro de uno de los hoteles más icónicos del glamour, sofisticación y modernidad del México de finales los 80’s como el Nikko y encontrar a un mundo de coleccionistas, cazadores de arte, críticos, socialités, seguidores, representantes de medios de comunicación nacionales, tele, radio, revistas e Internet, todos estaban representados esa noche. La excusa una: la oportunidad de volver a ver al “Santo” como nunca antes alguien lo había visto. Plasmado en óleo, trazado por las manos inspiradas del artista español Marqués, pinceladas de color que cargaban el peso de una gran responsabilidad, de una gran jerarquía, de la historia de una leyenda que se escribiera en el cine, en la televisión, en el cuadrilátero, en las historietas, en el México hambriento de héroes, de figuras por seguir, de hombres como Rodolfo Guzmán Huerta y su mítica creación “El Santo”.
Yo no sé de cierto si esto es solo un espejismo producto de un plan estratégico de mercadotecnia, relaciones públicas y una acertada explotación comercial a la imagen de la mística figura de un ídolo justiciero. Históricamente no sería la primera vez que ocurriera, pero el hecho es que sí, “El Santo” estaba ahí y sí, todos lo vimos, lo sentimos, lo tuvimos, lo fotografiamos, lo inmortalizamos una vez más, pero con una carga de “autenticidad artística” que me hace pensar que esto es un movimiento “auténtico”, “trascendental”, nacido desde las inspiradoras calles de la Colonia “Condesa” de la Ciudad de México y hoy ha llegado hasta aquí.
Y es que al final del día, las criticas de “oportunismo” y “sobreexplotación” de la figura de El Santo caen con mucha fuerza sobre su hijo sin embargo, no se puede borrar el legado cedido a él, al “Hijo del Santo“, al “heredero” oficial de la riqueza, de la sangre real que corre por sus venas, de la dinastía, del prestigio, de la leyenda de su padre, del peso específico de la historia que ya escribió e inmortalizó con cada uno de sus proyectos.
Por esa razón Miguel García (Marqués de Jadraque) con 46 años de edad, originario de Palencia (Castilla la vieja) asumió el reto de plasmar el plano psicológico de El Santo, “su movimiento interior, lo que está fuera de su armadura”, como el mismo señala. Solo él y su peso como artista, que lo han llevado a presentar su trabajo en exposiciones individuales y colectivas por América y Europa, podría haber plasmado de esta manera a otro grande. A lo largo de su carrera, Miguel García, fue seleccionado por el Vaticano para realizar una serie de cuadros para su colección privada, en las que resaltan la figura de Juan Pablo II y el Cardenal Deskur. Asimismo ha plasmado a varios personajes de la nobleza europea, como los marqueses del Castillo de Canales de Chozas, de Madrid y los Condes del Reichmansdorf, de Alemania.
Con todo esto a su espalda. Miguel presentó su “Santología”, una colección colorida de acrílico, óleo y esmalte plateado sobre lino. El resultado es una recreación perfecta de la máscara plateada, símbolo e ícono del Enmascarado de Plata. Del mundo de elegancia, glamour, de su vida en el cuadrilátero, de sus demonios interiores, de su luz y oscuridad. Personalmente, caminar por los pasillos de la exposición y ver hasta donde ha llegado esto, debo de confesar, es extraño. Es extraño estar frente a El Santo y verlo como un objeto artístico, es extraño pensar como el cuadrilátero se convirtió en leyenda y la leyenda en ícono. Pero saben, la idea de tener alguna de estas pinturas en alguna pared de la casa, es sencillamente, un placer exquisito. Mea culpa de excentricidad y vanidad neokitsch.
